Donde habitaba la costumbre
se instaló la incertidumbre
y así como si nada se reveló
de repente, sin aviso,
hizo y deshizo a su manera
pedir permiso o unas disculpas no eran parte de su naturaleza.
Y ahí, cuando uno resigna
y deja entrar al individuo
es cuando la costumbre se regenera
y por más que uno reniega
sabe que vale esa dulce pena.
Te siento y me sentís, lejos pero juntos, en otra dimensión pero sin despegar los pies de la tierra. Los cinco sentidos poco a poco se potencian. Como nunca y como nadie a un lugar desconocido despegamos, refugio de mediocres, el refugio de mi paz. Donde no hay grises, tampoco negros o blancos. Donde el existir parte del no ser nada hasta llegar a ser todo, donde los deseos tanto propios como ajenos se funden en uno, despojándote de toda identidad, haciendo que todo se transforme en historia pasada. Donde nos dejamos llevar sin importar cómo, y si quisiéramos no lo sabríamos, o simplemente no nos acordaríamos. Ahí estamos. El tiempo quedó atrás y la bruma recorre poco a poco todo tu cuerpo. La piel se eriza en ese instante y sentís miles de sombras corriendo a tu alrededor. Abrís los ojos asustado y te das cuenta que no son sólo sombras, son vestigios de estrellas al alcance de tu mano, que te obnubilan y no te permiten ver qué pasa a los costados. El cielo se tiñe de violeta, poco a poco se cierra y te vas con él. Te elevas. Alto, tan alto que te apunas de locura, éxtasis y rabia. La presión es tanta que se desprende de tu alma. Giro yo, giras vos, gira todo. Cuando de repente el arnés se corta y caes, caes y caes en caída libre. Lo que veías pequeño hoy es más grande que vos. La adrenalina terminó, el trip finalizó, y cada uno recuperó su lugar de origen. Si en cuerpo pero no en alma, eso tiene un retroceso de aproximadamente tres minutos. Porque nada es eterno ni nada es perfecto. Pero este viaje te hace creer por unos segundos que absolutamente todo es posible. Te encendes un cigarrillo, te acurrucas, e intentas volver a respirar.

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